El valor de la nada

Cuando pensamos en la compraventa de una obra de arte, en nuestra imaginación aparece la entrega de una cosa a cambio de un precio. La entrega de algo que se puede tocar y guardar.

Lo curioso se produce cuando la obra de arte no se puede ver ni tocar y cuando lo único que acredita su existencia es el certificado de autenticidad. Esto es lo que se conoce como arte inmaterial y abre la puerta a un nuevo tipo de arte conceptual por el que merece la pena pagar grandes sumas de dinero al hacerse viral.

Como ejemplo tenemos la escultura invisible «Io Sono» del artista italiano Salvatore Garau, que se vendió a la casa de subastas Art-Rite en Italia por valor de 15.000 euros.

«El vacío es un espacio lleno de energías, y que no se pueda ver, no significa que no exista«, decía Garau. En efecto, esta obra aparentemente existe y la prueba de ello es el certificado de autenticidad. No obstante, la batería de preguntas que surge es la siguiente:

  • ¿Por mucha intelectualidad que encierre el concepto, puede considerarse arte a una obra desprovista de elementos característicos de su identidad como los materiales, la técnica, el peso y las medidas?
  • ¿Puede considerarse válido y tener efectos un certificado de autenticidad con una foto invisible que no puede ser singularizada y que solo puede tener el título, la fecha y el lugar de realización y la firma del autor?
  • ¿Es esto suficiente para que una obra de arte exista en el tráfico jurídico o se trata más bien de un producto publicitario revalorizado en subasta pública?

Opino que al margen del lucro económico que pueda reportar, considerar que una escultura invisible existe es un riesgo jurídico tanto para el artista como para el coleccionista por dos razones:

  • la primera es porque es más fácil plagiarla al no tener atributos que la individualicen.
  • y la segunda es porque al no estar debidamente acreditada, por faltarle elementos característicos esenciales para identificarla, las futuras transacciones se ven amenazadas.

Como conclusión, podríamos decir que se trata más bien de una obra de un solo uso que se agota con su primera compraventa y que lo que se paga no es el valor artístico, sino el beneficio económico que reporta la publicidad de la adquisición.

En cualquier caso, se trata de una obra del espíritu que ha logrado su objetivo: dar valor a la nada.

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