Arte para destruir

Muchos recordaréis el polémico ninot de Felipe VI que se ofertó en la edición de 2019 de la Feria ARCO por un precio de 200.000 euros y que imponía la obligación contractual de incendiarlo en un año al coleccionista que lo adquiriese.

Al no encontrar comprador, los propios autores Santiago Sierra y Eugenio Merino, decidieron quemar la escultura el 12 de octubre de 2020, día de la Hispanidad, en el municipio barcelonés de Berga.

Según declaraciones de los artistas, la finalidad de esta obra era dar placer al coleccionista con la quema de lo que para ellos representa lo viejo y lo corrupto, aunque finalmente fueran ellos los que disfrutaran de la experiencia, que inmortalizaron en un vídeo, que también pusieron a la venta.

La polémica estaba servida, no solo por la crítica política contraria a la monarquía, sino a nivel jurídico por las siguientes implicaciones:

  • ¿Puede imponerse por contrato la obligación de destruir una obra que puede generar la imposición de una pena de multa por utilizar la imagen del Rey de forma que pueda dañar el prestigio de la Corona?
  • ¿Qué tipo de responsabilidad asumen los artistas y la galería en caso de que el coleccionista que la incendie sea denunciado por este acto?
  • ¿Resulta ético incendiar la imagen de una persona, que además representa a una nación, y hacer negocio dañándola públicamente por un precio de 200.000 euros?

Con independencia de la legalidad y de la moralidad de esta expresión artística, lo cierto es que la destrucción de arte en evento público resulta muy lucrativa en ciudades como Valencia, que han convertido a las Fallas en una de sus señas de identidad.

De hecho, han sido catalogadas como fiesta de interés turístico internacional y están inscritas en la lista representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO.

Su éxito reside en la competición colectiva por alzarse con el galardón a la mejor escenografía, siempre con sentido crítico y satírico y con los artistas falleros como protagonistas, que trabajan durante todo el año en la creación de obras hiperrealistas.

Como curiosidad cabe citar el indulto de dos ninots cada año, en las categorías de infantil y de adulto, que se salvan de las llamas por votación popular y se exponen en el museo fallero.

Quizás por estas diferencias, el ninot del Rey de España Felipe VI no tuvo éxito comercial; no había competición, ni escenografía, ni premio, ni posibilidad de indulto en un contrato predeterminado cuya intención moralizante era ver reducida a cenizas la figura del Jefe del Estado español y símbolo de su unidad y permanencia a cambio de una suma considerable. Controvertida manera de reivindicar libertad al mismo tiempo que se coarta la de la otra parte contratante.

Me pregunto qué da más placer, si quemar una escultura o tener más dinero en la cuenta. En definitiva, se trata de crear arte para destruir símbolos y significados y de destruir arte para crear conciencia en la opinión pública sobre lo bueno y lo malo a través de la publicidad garantizada de los titulares de la prensa.

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